Saturday, June 02, 2012
La señora Regina, una maestra de Hamburgo, ha hecho de Hermann Hesse su vida. Mima su legado en Montagnola, Suiza italiana, custodiando en la torre Camuzzi su biblioteca, sus cuadernos acuarelados, sus sombreros de paja y su casaca india de misionero, sus quevedos intercambiables, sus trebejos para el huerto, su Smith Premier nº 4, su rica correspondencia (la estafeta local, a raíz del Nobel, tuvo que comprar un carretillo capaz); todo lo que, en fin, hizo mítico este lugar para el apasionado Klingsor. Ha organizado itinerarios, que calcan las largas caminatas del maestro por entre los bosques de castaño o las viñas de Merlot, y se prodigan las lecturas poéticas (en el café Boccadoro: sensual, revoloteante Goldmundo), los conciertos inspirados en la mística hessiana, las jornadas de estudio, la presentación de libros como el que ahora aborda las sucesivas Frauen del autor de la Selva Negra. Hasta la tortuga Knulp, que llegó fugitiva un día de lluvia, lleva impresa la memoria del alemán errante. Estos días homenajea la fundación a unos amigos suyos, los escritores e ilustradores Lisa Tetzner y Kurt Kläber que, exiliados del nazismo, tejieron la comunidad
artística de casa Pantrovà en Carona. Asomada también al lago de Lugano (y no lejos del monte Verità, en Ascona, comuna ácrata y vegetariana de Jung y Steiner), dio acogida a Brecht, Oppenheim, Silone o el dadaísta Hugo Ball, que en el "paradisíaco" Tesino que compartió con su amigo Hesse, en sus lagos cristalinos y en su sambuco esmeralda, halló una naturaleza maternal, seráfica, de una "soledad faunesca". Este ser desgraciado, por cierto, describe a su compatriota como un "hombre pequeño, de apariencia juvenil, de cara afilada y carácter dolorido", que mira con calma a los ojos y parece como si te conociera de toda la vida. Cuando, mochila, bastón y silla de tijera, se sienta en la hierba a pintar, "apenas se le puede ver: los pájaros pían a su alrededor y las cigarras zumban." Y le compara con un Egidio de Asís en estado de gracia. La corrupción del mundo (las guerras que expulsaban de Alemania a todos esos románticos que anhelaban una posible Freundschaft universal, siempre más al sur) daba paso a la fuente de la eterna alegría. Mientras el sol, que sigue encendiendo la Collina d'Oro donde yace uno de mis más límpidos espejos de escritura, venía indefectiblemente de la parte de oriente.
Friday, May 04, 2012
Neopolítica
"Antipolítica" la llaman, quienes desde el altavoz militante imparten cédulas de exclusión o pertenencia. Me recuerdan a esos gerifaltes de antaño cuando denigraban a la España mejor, la del exilio, con el peor insulto a su alcance de salvapatrias: AntiEspaña. El frentismo contrario a los partidos, o mejor, contra la partitocracia que ha hecho crac, o craxi, crece en Italia al paso que los sucesivos gobiernos, técnicos o coloreados, hinchan la deuda y sus bolsillos. Beppe Grillo y su Movimiento 5 Estrellas capitaliza el descontento, que no es de ahora pero que gana concejales y hasta consejeros regionales, sobre todo en el norte, desde que empezara a presentar sus listas cívicas. Los "grillitos", que consideran al partido tradicional un anacronismo superado y autorreferencial, piden que sólo sean elegibles como parlamentarios, siempre en lista abierta y con el límite retroactivo de dos legislaturas (5+5 años), quienes no estén condenados por sentencia firme (¡hasta veintiún delincuentes se camuflan de señorías!). El programa que defienden, contenido en la Carta de Florencia, cruza la ecología con la democracia directa y un firme propósito de remoralizar la vida pública: el agua como bien común no privatizable; depuradoras obligatorias; extensión de zonas verdes urbanas; licencias municipales sólo para demolir / restaurar / recuperar suelo industrial; transporte público no contaminante y carril bici generalizado; plan de movilidad para discapacitados; conexión web gratuita para ciudadanos residentes; centros públicos de teletrabajo; desechos cero; fuentes de energía renovables y con financiación municipal; eficiencia energética; prioridad a los productos locales. La política entendida como servicio civil y a tiempo determinado, una especie de contrato a proyecto: nada de subvenciones, ni pluriempleos "compatibles", ni cuentas opacas (bastan 2.500 euros al mes: todo lo que exceda se integra en un fondo común). Premiado activista del blog, David de Donatello por méritos cinematográficos, azote satírico de la casta política reinante con sus invectivas "vivimos una apocalipsis mórbida", "la informativa es la tercera guerra mundial" o "hemos entrado en pleno rigor Montis", este Pepito Grillo que ha inventado una nueva forma de pensar la polis, nacida de las heridas del berlusconismo y sus consentidores post-PCI, tanto como de una global indignación a la Hessel que aquí también toma la plaza y carnavalea con el desastre, cuenta con seguidores no precisamente iluminados. Como mi amigo Umberto, ingeniero de Padua bregado en batallas humanitarias por los cinco continentes: sus dineros han apoyado el grillismo, al igual que los de otros cientos de miles de italianos, porque considera que las causas justas hay que sostenerlas entre todos, y que el cambio se opera desde la base, no desde una superestructura. Además apoyar a los neopolíticos, que no antipolíticos, es bueno para la salud, y si no que se lo digan a quienes investigan las nanopatologías derivadas de las incineradoras, que se benefician de un carísimo microscopio comprado por suscripción de los simpatizantes.
Tuesday, April 24, 2012
Perderse en Roma
Volver a (mi) Trastévere, siquiera por dos horas y en butaca teletransportada, era una buena razón para cumplir con la cita anual del judío errante, pero después de toparme, de nuevo, con el cliché de los americanos en fuga, los (re)dobles de conciencia más que insistentes, los ménages lingüísticos y de pareja, más unas vacaciones romanas de tarjeta, organillo Arrivederci incluido, hube de reconocer que ni Allen es lo que era ni esa Roma valía el peaje. Tampoco una actualización del jeque blanco de Fellini, el episodio más jugoso de la cuaterna, o la herejía de colocar, en la cuna misma del bel canto, a un tenor bajo la ducha, salvaban el oficioso ejercicio. Fácil, desarticulado, desinteresado por sus personajes, presa de un compulsivo rodar y rodar, que paga las fallidas terapias psicoanalíticas: de todo han dicho aquí los críticos, no obstante el premio en taquilla, al punto de reprochar al genio fugado una especie de "suicidio autoral". Me duele el revés de uno de los padres fundadores del artefacto cine, normalmente lucidísimo en la radiografía de almas, burla burlando, pero sólo es un patinazo, me digo, porque quien en París o en Londres, incluso en Barcelona, ha tocado la magia no puede perderla en la ciudad-cine por excelencia. En su Centro Experimental de Cinematografía, precisamente, le preguntaban hace poco sobre el personalísimo estilo de su cámara-diván: "Sigue tu instinto —aconsejó—. Todo vale si funciona en la pantalla. No hay reglas, salvo la de conseguir que el espectador se interese por la historia que estás contando." ¿Os acordáis del maestro del garabato, que lo desaprendió todo con tal de inventarse a sí mismo, de inventar a Miró? En esa marcha atrás, que es salto, bucle, parábola, anda metido WA: el riesgo, de puro deslastre, es desaparecer en alguna forma embrionaria anterior a toda creación.
Labels: cine
Tuesday, April 03, 2012
En el vientre del arquitecto
Michele De Lucchi, archistar con saca de premios, ensayos dedicados y cartel de campanillas en festivales de filosofía. Un barbudo designer de Ferrara, que opera en el eje Roma-Milán y tiende
un puente de la paz y calatravo en mitad de Tiflis. aMDL (ad maiorem dei luxuriam), quién
habría de decírmelo, se emboscó hace una veintena de años en Angera, su
pueblo ya y el mío, en un secreto carmen a los pies del castillo
viscontiano. Alrededor de un jardín pelado, zenoide, ha distribuido la
paridera de sus ideas. Primera estación: leñera de troncos apretados y
engrasada motosierra para extraer, del alma de la madera, el abitare
primigenio. Segunda estación: hangar, con trazas aún del aseladero que
fue, donde se alinean maquetas, prototipos, mesas de dibujo, biblioteca,
focos fotográficos y tendones atmosféricos (todo se transmuta en
imagen: nada es, si no es representable). Tercera estación: almacén de
piezas producidas por la industria (máquinas Olivetti, lámparas Tolomeo,
sillas Bisonte) a partir de sus primeros cálculos de cabeza: unas,
clasificadas con vocación museal; otras, de producción propia, esperando
distribución y venta. Yo tengo sentimientos encontrados con todos los
DeLucchi (o Toscani, o Sottsass) que este país ha dado y sigue dando:
alumbradores de nuevas formas y serial numbers de supermercado;
vocacionalmente espectaculares y celosos de su fragua íntima; paladines
del reciclaje de materiales y la unción ambiental e invasores
narcisistas del espacio. Mi vecino, que a menudo ocupa el centro de sus
puestas en escena (escala humana, pero también firma, sello de calidad),
es un claro ejemplo de estas contradicciones que muchos, boquiabiertos,
confunden con el genio y la figura. Cada villa, su Leonardo.
Monday, April 02, 2012
India: billete de ida
Si no fuera porque estamos ante jubilados británicos golden card
con resabios colonialistas, que queman sus últimos cartuchos en la
dorada Rajastán, este viaje sin retorno a las fuentes de la vida podría
condensar una verdad universal: para ganarse un envejecimiento no
claudicante es preciso vivir, recuperar el presente —que avanza a medida
que retrocede el fardel de pasado que llevamos a cuestas—. Yo escuché a John Madden proclamar su buena nueva, al tiempo que
recordaba divertido los roces de plató del plantel de egos chespirianos
que había reunido en Hotel Marigold, y no era otra que acercar
el difícil, vitando argumento de la muerte a una especie de renacimiento
que sólo fuera del tiempo y el lugar de costumbre puede suceder,
desplazando el epicentro de nuestras emociones a otro mundo. Arriesgando
la vida, para salvarla (aunque sea en el último minuto). Hermosos los
retratos otoñales, sobre todo femeninos (con el toque gay, forsteriano),
que propicia este destartalado establecimiento apartado de cualquier
parámetro occidental, léase modernidad, eficiencia, lógica empresarial.
La India es el gran reservorio espiritual de la cultura anglo, del que
beben desde los escritores (papá Kipling) hasta los rockeros (Kashmir!),
en flagrante contraste, válgame el odioso parangón, con nuestra escasa
literatura o música o pintura de inspiración africana: exotismo posible,
asimiladas o acriolladas las Américas. A pesar de la letra chica que en
el reparto toca a los excelentes actores indios, como en los tiempos de
David Lean y no obstante fulguren en el estrellato patrio, toda
excursión cinematográfica al gran continente de bronce depara siempre
agudos motivos de reflexión y extrañamiento. El privilegio de estar
vivos en la eterna rueda juntacadáveres.
Wednesday, February 29, 2012
Lucio y el lobo
"Lo peor que puede hacer un hombre es dejarse morir..." Así replicaba Sancho a su señor, cuerdiloco o ya aplastado por el principio de realidad. Palabras de molde, sólo que esta vez pronunciadas en italiano (en traducción libre del poeta Sanguinetti) y en un film, mezcla de teatro del arte y animación, del pintor Mimmo Paladino: Peppe Servillo, el caballero; su escudero, Lucio el bueno. Se apaga el circo Dalla, regido por el más histrión de los cantautores italianos, y Bolonia, incrédulo silencio, está ahora más sola. Yo le recuerdo en sus fellinianos conciertos, la mirada alucinada, el rostro barbone coronado por un coqueto rubiastro bajo sombrero de ala ancha, los ropones de elegante golfemia, el bastón chapliniano, pero sobre todo la invención, el poder imaginativo de su música, esas letras que ensayaban todos los géneros literarios (desde el epistolar hasta el fabuloso, pasando por diálogos y entrevistas), aquella voz entre nana, trova y delirio. Con De Gregori, su compadre, se marcaba un solo de clarinete surgido de la nada (y era que empuñaba sus raíces jazzísticas), sufría silbidos y tomates los días en que se exhibía descalzo en Turín, topaba con la censura de Sanremo (Gesù bambino) y bailaba o interpretaba sus videoclips como un coreógrafo adolescente y juguetón. Sus claves eran el mar (plantó estudio en una isla adriática), la luna (testigo de sus historias de amor), Nápoles (se habría inyectado en vena la lengua, la genialidad de Totò), los ascensores (llegó a dormir en uno), los tebeos (Paff... bum!), y en los últimos tiempos estallaba en un imparable torbellino: escenógrafo, viticultor, director creativo de una tele on line, hasta profesor universitario. Era un fino poeta de aspecto garrulo, este 'Domenico Sputo' [Domingo Escupitajo] al que, en medio de tanto derroche, se le perdonan estupideces menores como ser hincha del Bolonia o citar al cura Escrivá entre sus inspiradores. Escucharle, sentir con sus canciones, es la mejor manera de ahuyentar a la fiera ominosa que nos cerca: "Amor mío, no debes estar en pena: esta vida es una cadena, a veces hace un poco de daño, [pero] mira qué tranquila estoy, aun cuando atravieso el bosque con ayuda del buen dios, atenta siempre al lobo..." (Cuidado con el lobo)
Sunday, February 26, 2012
Pecado de inocencia
Caballo de batalla da rienda suelta al buenismo de Spielberg, que premia a un esforzado purasangre, Joey, como hiciera —en traje de productor— con el husky Balto, por sus virtudes superiores a la humana bestialidad. Hay un cine de veta caballista, donde cabalgan juntos el corcel negro, Furia, Spirit, Secretariat, Belleza Negra, Seabiscuit o incluso Francis, la mula parlante, y es ocasión propicia para desarrollar épicas amistades o amores interespecíficos. De paradójica amistad también se trata, en medio del desastre de la guerra (la primera "mundial": siempre europea en su matriz), porque Spielberg sitúa la escena madre en la tierra de nadie donde, pellizco a pellizco, contienden ingleses y alemanes: allí el trotón, como un cristo de alambre espino, reclama la piedad de ambos bandos, por unos minutos no enemigos sino uniendo fuerzas para salvar al bruto, que ha pagado caro su pecado de inocencia. El capitán Robert Graves (Adiós a todo eso), que recuerda las carnicerías del Somme con absoluta normalidad, la continua reposición de batallones enteros barridos por las bombas o el gas y la petulancia suicida de los oficiales de su majestad, manifiesta en la película, relata anécdotas semejantes de "confraternización" entre trincheras. Pero la parábola del caballo perdido y reencontrado es a la vez un homenaje a los espacios y los personajes fordianos: el granjero borrachín, un héroe caído que se avergüenza de sus hazañas bélicas; la buena dura tierra, en las despiadadas manos del ricacho local; las subastas de ganado a las que se asoma una galería de tipos de frontera; incluso la misma exaltación del centauro, no del desierto sino de la campiña (inglesa, francesa), una simbiosis que parece a propósito para la forja del mito. Entretenimiento, narración canónica, óptima dirección de actores, que son marca de la casa, con un punto de crítica histórica (nunca llegará Spielberg a la acrimonia de Kubrick) y una posible derivación amorosa, en final abierto que idealmente cruzaría dos de las principales líneas argumentales.
Saturday, January 28, 2012
Hazanavicius arroja el guante
Un delicioso musical d'antan, un articulado homenaje al primer (o segundo) Hollywood, una fresca revisitación del subgénero "ha nacido una estrella", una baraja cómplice de muchos de los clichés que anidan en la retina del buen cinéfilo. The artist es todo eso y más: un guantazo a la cartelera, erizada de megaefectos audio / vídeo para disfrazar la abrumadora ausencia de historia. Hazanavicius o la reinvención del gesto, la melodía desmelenadamente narrativa, los folletones de serie B, el mélo de toda la vida, los rollos virados —sepia, azulón, verdino— en función de la trama. El pacto con el espectador es el mismo que proponían Donen y Kelly en Cantando bajo la lluvia: la transición al sonoro en torno al fatídico 1927, cuando los talkies sepultaron carreras consolidadas y catapultaron nuevas stars, brinda extraordinario material sin necesidad de salir del cine. Gente como Chaplin se opuso con uñas y dientes a la replicante teatralidad del cine dialogado, que restaba poesía y hechizo a unas imágenes que habían aprendido a hablar por sí solas: el tiempo no le dio la razón, ganó la prosa galopante, y en eso estamos. Habrá siempre rebeldes como McLaren, Tati, Menzel, Varda, Nichetti, Kaurismaki, Helmer, Chomet, que planten cara a la verborreica nada que odiaba Beckett, y que aquí encuentra deformado eco en una pesadilla donde hasta los inofensivos foley aterrorizan al protagonista. A esa heroica lista se suma el lituano de París que ha ingeniado este mecanismo de retropropulsión cinematográfica, de la mano de sus actores fetiche: Jean Dujardin, un tipo con una increíble capacidad autoirónica a medias entre Fairbanks y Belmondo, que ha defendido al agente OSS 117 de sus anteriores parodias (aparecen citadas en esta galería de espejos), y su compañera la franco-argentina Bérénice Bejo, hija de un director del underground bonaerense exiliado con la dictadura, que pone la chispa flapper —y ginger— al amor / piedad por el ídolo caído. Ambos pletóricos, al máximo de la expresividad, alegría de vivir a manos llenas, y sin decir (casi) ni mu. Tan inaudita es la cinta en la programación del día, ya digo, que el público de Milán la premió con una ovación como si, las últimas notas flotando sobre la sala, la orquesta fuera a doblarse en un murmullo de arcos y los actores, perlados de sudor, estuvieran a punto de saludar al reparo del telón rojo.
Wednesday, January 25, 2012
Naves de la discordia
De la Prócida que Elsa Morante convirtió en la soñada isla de Arturo (allí puso casa con Moravia) proviene mi amigo Alessandro, que en sus rompientes vivió el rodaje de El cartero y Pablo Neruda mientras aproaba pulpos a la Corricella y los viejos tíos desgranaban lentos cantares napolitanos. Por su condición isleña y por haber trajinado en las cocinas de la marina mercante italiana, se siente capacitado para opinar sobre el "Titanic del Giglio", cuyos ecos parecen enterrados bajo el peso de sucesivas tragedias aunque los cadáveres sigan aflorando. Primero evacuar, me explica, luego encallar; nunca al revés. Lo que ahí falló fue no sólo la cadena de mando, esto es indudable, sino también las decisiones, llamémoslas estratégicas, que venían de la casa madre, aquellos telefonazos de Miami o Londres que, más deudores de los accionistas que de las leyes marineras, contribuyeron a empeorar las cosas. Pero no es fácil juzgar, insiste Alessandro, desde tierra firme. Del mismo modo que el marinero, después de meses a bordo, pierde el equilibrio fácilmente cuando echa el pie a tierra, exasperado de líneas rectas y estabilidad, uno que embarca de uvas a peras tiende a medirlo todo por sus seguros patrones de referencia, y cae igualmente. En la mar todo es imprevisible, repentino, a prueba de tipos templados, y no sólo o no siempre a causa de los elementos. Recuerda la angustia, frente a Libia, rodeados de la guardia costera que les prohibía atracar, sin vituallas y sin poder desembarcar la basura, que criaba gusanos como puños, hasta que unos grumetes de Ghana pagaron con dólares de su bolsillo y a los italianos, sólo a ellos, les dejaron ir. En Ravena, otra vez, los cascos azules suecos que, armados hasta los dientes, patrullaban el Adriático para verificar el embargo de armas en la guerra de Yugoslavia, les reventaron la sentina y a punto estuvieron de desatar una balacera por mor de un malentendido: tanta era la tensión, el miedo. Un golpe de mar, a la altura de Haifa, le clavó en pie en medio del camarote y tuvo que capear el tormentón, luego, atándose con correas a la litera, mientras a su alrededor todo era sangre y gritos. Una vida aventurera, de gran sacrificio y exigencia física; para quien aún no ha puesto familia, me guiña. Lo del crucero, sin embargo, es más pecado de arrogancia que asunto de marinería. Ocio de masas; codicia de empresarios; espectáculo de periodistas; pasto de picapleitos. Castillos en la mar.
Labels: ecología
Saturday, December 03, 2011
Here comes something sweet
Scorsese sigue sorprendiéndome. Me pregunto de dónde saca el tiempo: a su ya extensa filmografía de ficción suma los viajes por la historia del cine (auténtico aulario enciclopédico, lo que no quita una visión de autor), del norteamericano al italiano, sus dos principales fuentes visuales, y, dentro de la sección documental, sus trepidantes y bien sincopados "rockumentaries", a partir de Dylan y su banda en El último vals. Ahora se atreve con el, para mí, más fascinante de los Beatles, anticipador del diálogo civilizatorio por vía de su orientalismo de vida y obra (y aquí se abre, entre nosotros, un círculo apasionante: el profesor Mascaró, su corresponsal, nos lleva a Panikkar, Cernuda, Jorge Guillén e, incluso, los hermanos Pascual Rodrigo después de la Hermandad Pictórica). Más allá de su militancia en el fabuloso cuarteto, que increíblemente ocupa sólo el arco de sus 16-26 años, George Harrison fue siempre, a pesar de sus reservas, pasto de las cámaras en formato cine, desde aquel histórico concierto en favor de los bengalíes, que no ha perdido un ápice de emoción, hasta la invención de la Handmade Films en aras, sobre todo, de los Monty Python. Por no hablar de los videoclips que, chispeantes, autoirónicos, puntúan su carrera. Y qué decir de sus méritos intrínsecamente musicales —ya plausibles en su primera composición, Don't bother me—, con esa voz entre entusiasta y quejumbrosa, aliada de una guitarra habladora, o mística o soñadora, siempre en vuelo alto. Uno de nuestros gurús musicales ha acusado a la película de parcialidad, de no abordar las sombras del personaje, pero Scorsese no hace biografía, y menos biografía-escándalo; rinde nada más —nada menos— que un homenaje al hombre que puso rostro, música, palabras, a muchos nobles ideales del pasado siglo y cuya influencia no ha dejado de crecer, incluso frente a sus propios colegas, mucho más ornados de la fama mediática. No es un académico, ni lo pretende, por lo que su selección-ordenación, tras de la cual se adivina una buena escuadra de archivistas, está horra de puntillosidades y enojosas citas (ah, esos penosos universitarios que no saben dar un paso sin el taca-taca de la fuente). Estos días he montado, con irrespetuosa complicidad, cierto footage de las ululantes fans que corrían tras aquellos jovenzuelos de Liverpool, y el corto ha quedado tocado de una gracia que sería muy difícil replicar ahora: tal vez, como el maestro neoyorquino, proponía mirar con otros ojos "material de archivo" de un tiempo en que, totalmente desvergonzados, aspirábamos a la felicidad.
Friday, December 02, 2011
Gallo crítica
Lorenzo Milani, en carta abierta a los capellanes militares que consideraban un insulto antipatriótico la objeción de conciencia, les prevenía contra las patrias que dispensan de pensar, invitándoles a sustituir la confrontación italianos / extranjeros por la de privilegiados / oprimidos (y les recordaba que fueron italianos rebeldes y desterrados, objetores precisamente, quienes contrastaron al Corpo Truppe Volontarie que, provisto de 50.000 soldados por Mussolini, "corrió en ayuda de un general traidor" que todavía en 1965 enviaba al garrote "a los culpables de haber defendido a la patria"). El cura florentino no ha sido el único dolor de cabeza de esta iglesia temporalmente enlazada a cuantos poderes le bailen el agua. Ahí están Ernesto Balducci y su "hombre planetario", Danilo Cubattoli con su ancha apertura cinematográfica, el poeta resistente David Maria Turoldo, el también partisano (y superviviente de Mauthausen) Andrea Gaggero, aquel Camillo De Piaz que se partía el brazo por los drogatas. Y ahí, incombustible y venenosísimo a sus 83 años, Andrea Gallo, el flagelo de Génova que coquetea continuamene con la excomunión mientras sostiene, evangélico, a los "últimos". Hasta su casa de San Benedetto al Porto fuimos, una comunidad autogestionada de ayuda a toxicodependientes, y su lengua (ahumada de vegueros pero sin pelos que la enturbien) nos fue batiendo verdades ásperas de las que irritan por igual a réprobos y comulgantes. Entre plato y plato, al tiempo que recordaba sus escaramuzas de guerrillero adolescente —la bomba en el cine Odeón, lleno de alemanes, o las torres eléctricas dinamitadas, a la Feltrinelli, hasta que el general Meinhold depuso las armas—, quiso rendir homenaje a su coterráneo De André, con quien presentó a los anarcos de Carrara su disco Señora Libertad, señorita Anarquía, un cantautor ateo que llamó a su hijo Cristiano porque con el galileo compartía ideales revolucionarios. Y es que Don Gallo, primero, se reputa miembro de la familia humana, al lado de la mayoría desheredada, y sólo después presbítero, en una iglesia "siempre penitens, siempre reformanda". Aún hoy partisano (que no "patriota", cual rezaba el diploma del general aliado Alexander), pues partisano significa estar de la parte justa: la de los excluidos de la mundialización bancaria, que practica la "eutanasia de la democracia". Dos cosas retengo de aquella tarde: "ética de la polis, república democrática y laica, son la verdadera pietas: lo contrario es impiedad"; o que "fascismo, populismo, liguismo y berlusconismo tienen un punto en común: destruir la Constitución". Gallo es uno que exhorta al recién bautizado: "Caminarás, hijo de Abraham, con el pueblo de dios por la senda de la justicia y la paz; sé, por tanto, cristiano y siempre antifascista" y canta Bella ciao, el día de la Inmaculada, haciendo coros con Gino Paoli. Bajo un retrato de Juan XXIII (a Wojtyla le reprochaba que le había matado a sus maestros, los teólogos de la Liberación), lo mismo invoca a Gramsci ("odio a los indiferentes", y llevó su compromiso a la cárcel, al desahucio de su cuerpo) que al pastor Bonhöffer ("no resistir es rendirse", y le ahorcaron por atentar contra Hitler). Al abrazarnos, Don Gallo nos soltó otra traca de las que piden (ahora sí, ahora sí) una llamada urgente del cardenal: el día que Teodosio declaró que había que defender la religión imperial, en esta Europa cristiana cuyas raíces, si acaso, habría que buscar en Caldea-Mesopotamia, alumbró el imposible binomio de la cruz y la espada.
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Thursday, October 20, 2011
Santificarás el sexo
El yogui Padmasambhawa, el de las "mil esposas", santificó el sexo como una vía entre las más apetecibles para acceder a la iluminación. Que sea cosa santa, y muy benéfica, de las pocas que nos hacen rozar la divinidad, siquiera por breves cimas de la delicia, lo prueba el piélago de malos ceños y amargores de úlcera en que nos está empozando la economía política de estos días: clamorosa privación de sexo o, lo que es lo mismo, inflación del malo (modesta contribución al diagnóstico de una crisis con muy mala folla). Para contrarrestar la flaccidez de los tiempos, el bar Turrisi de Castelmola, cerca de Taormina, echa una mano donde puede. Abundante en penes tropezones, expuestos y en vitrina, es la glorificación falocrática en todos los dominios del arte masturbatorio y priápico. Antigua taberna de la almendra en flor, junto a vergas de mazapán, nogal o hierro forjado propone una degustación de minchia contra el mal de ojo, tiralosù que levanta el ánimo y helado afrodisiaco al veneno de Sumatra. Pero a esta sana celebración, que tiene toda la cachaza del humor siciliano, se opone la pornopolítica dominante en Italia, con un primer ministro juzgado por trata de blancas y empeñado, mismo un secuaz de la Báthory, en reverdecerse a costa de guayabos trepadores, que a cambio de abrir su concha obtienen puestos de presentadora, empresaria o ministra. En este mercadeo, que envilece el santo placer y lo criminaliza, no es extraño que populares portales como Libero centren sus noticias diarias en retorcidos sex toys, secretos orgásmicos mal guardados y delitos con móvil sexual. Y aquí no ha pasado nada, ni los bancos o sus mandantes chulean gobiernos. Snaporaz sigue perdido, más confuso que nunca, en una ciudad de mujeres venales donde los hombres, irrevocablemente sedientos, pagan su amor a caro precio porque han renunciado a su cuota de santidad.
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Friday, October 14, 2011
Tintineo en la sopa
Hay unos niños (Peter y Steven) que se compran un juguete caro, con permiso de Madame Moulinsart, y se divierten con sus amigos, pidiéndonos a los demás una módica contribución al buen funcionamiento del ingenio. Yo, más modesto, el juguete me lo montaba solo, con aquellos tomos de editorial Juventud prestados a velocidad de vértigo del quiosco-biblioteca del Parque Grande, junto al Huerva, imaginando quizás futuros sabuesos o reporteriles, y, cuando junté algo de dinero, fui mercando los originales (Tonnerre! Mille sabords!) en las abarrotadas galerías de la plaza Madeleine y en el propio Centro Belga del Tebeo, uno de cuyos emblemas —el cohete rojiblanco— traje más tarde en un primoroso tubo azul, poco antes de su destrucción programada a manos de mi hijo. Que ahora nos calcemos gafas de ciego para ver "mejor" las aventuras del eterno garzón con fox terrier blanco responde a la lógica de espectacularizar hasta el último rincón de nuestro museo de la memoria, sin que el esfuerzo técnico y productivo (brillante) añada nada a lo que una imaginación hambrienta —hambre doble— había de sobras, y en mil direcciones, proyectado al conjuro de unas viñetas pre-cinematográficas. Capítulo aparte merecen estos no-actores que desaparecen, subalternos, tras un dibujo o textura o malla tridimensional. El palabro para esta forma de animación ("mocap", captura del movimiento) suena ya a falso, a escamoteo de la realidad ("mock-up", simulacro). No entro en cuestiones de género, que interesan sólo a los premiadores, pero el gremio de los cómicos está de luto si el viejo oficio de Molière lo puede defender cualquier quídam con habilidad para dar volteretas embutido en un arnés esmaltado de sensores: ya el cine de carne y hueso suprimía el sudor, el aliento, la saliva que alcanza y sacude las filas del teatro, pero este experimento (que tiene visos de durar, pese al traspiés de Zemeckis) podría muy bien llegar a prescindir de la presencia humana, apenas los ficheros informáticos hayan repertoriado nuestros gestos, clasificado nuestras singularidades. Entonces sí que tipos como Sakharine lograrán, cual galeón en botella, un control total del destino de la humanidad (!).
Friday, September 23, 2011
Restauración del rey de los clowns
En Imperia, ciudad que dio las primeras aguas a De Amicis y Luciano Berio, o al navegante Andrea Doria, se alza Villa Grock. Encaramada en un laberinto de calles, como es ley en todos los pueblos de la Riviera de Poniente —un día recoletos, hoy hiperconstruidos—, y muy cerca de la frontera francesa, quiere ser un centro catalizador de las correrías del gran bufón Charles Adrien Wettach, más conocido por Grock, suizo del cantón de Berna que arrasó las pistas de circo mundiales en la primera mitad del siglo XX. Sus actuaciones, mezcla de absurdo, poliinstrumentismo y pantomima, y fragmentos de alguna película (Au revoir, M. Grock), circulan por la red para que no palidezca su merecida memoria, pero es en la colina de Oneglia, lugar de francachelas de sus últimos años y pulidero de su fortuna, donde habría de conservarse su huella más directa. La villa cuenta con medio centenar de habitaciones y está rodeada de un parque, con estanque navegable, que se inspira en los jardines históricos de la Riviera (Hanbury, Pallanca...), pero tras su muerte en 1959 la hija adoptiva Bianca, a cuyo nombre intituló la propiedad, lo malvendió todo, incluidos recuerdos personales del cómico que ahora podrían constituir un espléndido, soñado museo. La restauración de las autoridades ligures, luego, ha sido más aséptica que tocada por la gracia de la simpatía. Están ahí, talladas en piedra o forjadas en hierro, las sinuosidades acuáticas en mérito a una añorada fertilidad, pero las bombillas de colores que, como candilejas, ornaban las veredas han sido prudentemente suprimidas. Únicamente fotos y carteles huérfanos, que apenas consiguen amueblar estancias de paredes mondas, y una torre-observatorio que ha perdido toda la intención astrológica de su ideador. Sólo un espíritu burlón, suficientemente delirante y afín, sería capaz de restituir la fantasía de que han sido privados esos espacios: jamás un arquitecto, nunca un aparejador. Yo rodé, piadosamente, algunos metros de vídeo, y luego caí en un restaurante que, bajo el pórtico de Calata Cuneo, junto al mar y sus yates emiratíes, explota su
nombre con picantes precios. A este Chaplin oculto —ambos se trataron: se admiraron— le daría yo algo más que el Grock d'Or, que cada año premia a jóvenes artistas circenses; para él sería el mejor abrazo, la sonrisa más fraterna de Fellini.
Labels: arte
Thursday, September 15, 2011
Paris nous appartient
Cualquiera tiempo pasado fue mejor, dijo en su planto Manrique, y un marqués algo zumbón le corrigió: la nostalgia es un error. Medianoche en París y Woody Allen (enmascarado en Owen Wilson) medita sobre esa contradicción que corroe a los espíritus incomodados, presas de la desubicación y el desasosiego. Con gracia y levedad, el pequeño neoyorquino trata de la huida del mundo propio, mediante el expediente del viaje en el tiempo pero sin alharacas FX, en busca de otro que, por contraste, uno siempre imagina mejor y más vivible, al menos para lo que uno es y a lo que uno aspira. Allen es un tipo para quien vivir es rodar, y rodar haciendo caminos, por lo que en esta película afirma aún más si cabe su europeísmo (ahora incluso productivo, a razón de 2-3 películas por capital), poniendo en danza a los espadas de la Lost Generation con sus homólogos de la avant-garde postimpresionista entre las dos guerras mundiales. Es fácil suponer uno de esos castings de dobles, con contratos al minuto y frases epigramáticas: Dalí rinoceróntico, Buñuel aneblado (y de ideas recibidas, ¡oh anatema!), Picasso casi en guantes de boxeo... que no son otra cosa que la guarnición de esas excursiones al pasado que fascinan y abren los ojos al protagonista. Un flâneur que revisa sus amores (la vida, la literatura, la chica: mundo, demonio, carne) bajo la transfiguradora luz de la hora bruja, y que nos recuerda nuestros propios vagabundeos —Roma, Lisboa, Edimburgo, Bruselas; también, cómo no, París— siempre con la mirada encendida y el intercambiador de vidas en marcha.
