Rock radiofónico y radiotónico, radio-piratería, rebelión cultural en las ondas. Una comuna flotante en el Mar del Norte, nave de los locos lanzada contra SAR británica, programa música sin parar, noche y día, lo mismo que cualquier radiofórmula de nuestros días sólo que en pleno 1966, frente a una BBC hegemónica y clasicona y, oh bendición, sin el tósigo de la publicidad. Esto es
Radio encubierta, película-manifiesto del neozelandés Richard Curtis quien, como Stephen Frears / Nick Hornby en
Alta fidelidad —allí un disquero, aquí unos pinchadiscos—, destila nostalgia de una década, entusiasmo transgresor (acostarse con la familia real, una fantasía buñueliana), gozo iniciático (R&R, drogas, sexo y, por qué no, amor) y, entre medias, alucinada búsqueda del padre, ya sea biológico o espiritual. Hablando de éstos, a muchos nos salvó en horas bajas la pionera escuela de Radio 3, aquella primera oleada de "pinchas" que el Ente, vía expediente de regulación, ha ido mandando a casa: Juan de Pablos, Ramón Trecet, José Miguel López, Jesús Ordovás, Antonio Fernández, Carlos Galilea, Rodolfo Poveda, Juan Claudio Cifuentes, Lara López (la única fémina, igual que en el barco de marras; directora ahora, por cierto, y defenestradora de sus colegas)... La película brinda momentos mágicos como el del viejo DJ que bracea tratando de salvar de las aguas su colección de vinilos, lirismo subacuático potenciado por Cat Stevens ("Father and son"), o el hundimiento del paquebote
Radio Rock con toda su tripulación, algo así como la muerte de la música de la balada de McLean ("This'll be the day that I die..."). Rodados con una estética de carátula sesentera, no parece sino que los DJs fueran los mismos "conjuntos" que —en arrolladora BS— desfilan por el audio: Kinks, Rolling, Hollies, Who, Dusty Springfield, Procol Harum, Moody Blues, Turtles, Isley Brothers... En contraste, por grisura y silencio burocráticos, con el señor Branagh, habitante de una de las covachuelas de cultura del gobierno laborista de la época que, todo él caricaturesco —Curtis homenajea al grotesco de Richard Lester—, se saca una ley contra delitos marinos para acabar con los insumisos hertzianos. Algunos han criticado su excesivo metraje porque, como todo corte de buen rocanrol, debe consumirse en su propia, fulgurante intensidad, pero otros habríamos deseado poner de nuevo a flote esa tabla de ritmos para que no se apagase nunca la alegría de vivir.
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